El pasado domingo, Jovino Novoa comparó los resquicios del Gobierno para financiar el Transantiago con la tesis del secuestro permanente. Si la UDI no estuviera asesorada por su peor enemigo, el senador ya habría sido cacheteado unas cuantas veces por haber pronunciado semejante barbaridad.
Un político con vocación de mayorías, militante de un partido con las mismas pretensiones, debe precaverse de cultivar credibilidad, además de articular un discurso amigable para la ciudadanía. ¿Y cómo se construyen esos discursos? Nada más sencillo que hacerse parte de las creencias arraigadas de las personas, del imaginario social.
Un político eficaz se siente representado por los sentires mayoritarios. Si sus creencias intrínsecas chocan con dichos sentires, deberá ceder en ellos para convocar a sus mayorías. Esta cesión no debe hacerse de una manera travestista —pues carece de convicción—, sino rezar el mantra "no voy a hacer que los demás crean lo mismo que yo".
"La función política es hacia lo público, a hacer de uno las necesidades de los otros y hacer un esfuerzo por entenderlas aunque nuestras convicciones y principios no apunten en esa misma dirección", afirma Rodrigo Ferrari en una carta al director salida en El Mercurio de ayer.
Al referirse con ironía sobre el secuestro permanente, Jovino tropieza con las creencias arraigadas de los chilenos. Si bien dicha tesis ha sido una falacia jurídica, ésta permitió el procesamiento de responsables a los derechos humanos que de otra manera habrían quedado impunes.
Ante un crimen, las personas esperan un castigo ejemplificador de los mismos. Tratándose de genocidio, muchos esperan altas penas de cárcel. Si nuestras leyes no permitían aquellos castigos para los ejecutores de dichos crímenes, nuestro sistema judicial debía acomodar sus reglas para procesar a los implicados.
EL CASO ESPAÑOL
El atentado de Atocha, que se adjudicó Al Qaeda, fue crucial en la decisión de los comicios de tres días después, el 14 de marzo de 2004, cuando el conservador Partido Popular —entonces seguro candidato a la reelección— fue derrotado por el Partido Socialista.
Iniciado el juicio contra los imputados en el atentado, el PP aseguraba que todo el proceso se trataba de una farsa montada por el socialismo para encubrir a los supuestos verdaderos responsables del hecho: los terroristas vascos de ETA.
Los conservadores insistían en que Al Qaeda no había atacado aquel 11 de marzo. Aseguraban que los socialistas habían mentido con el objetivo de asociar a los terroristas islámicos con el envío de tropas a Irak ordenado por el Primer Minsitro José María Aznar, a fin de hacer una propaganda efectiva que "robó una eleccion ganada" por el PP.
Aun con el fallo de la Audiencia Nacional, que confirmó la culpa entre miembros y simpatizantes de Al Qaeda, el Partido Popular seguía sin convencerse; al punto que por mucho tiempo desconocieron el veredicto.
Sin embargo, los ciudadanos españoles validaron la seriedad de su Poder Judicial en la resolución de este caso, por lo cual los conservadores quedaron ante la opinión pública como infantes caprichosos y obstinados en sustentar una tesis sin pies ni cabeza.
De cara a las elecciones de marzo próximo, Mariano Rajoy, secretario general del PP y líder de la oposición, recibió importantes consejos de un asesor comunicacional: sacarse los gestos duros cuando busca criticar algo (aprende, Longueira), vestirse con ropa formal más llamativa y cálida y DESTERRAR de una buena vez la tesis de la conspiración.
Un político con vocación de mayorías, militante de un partido con las mismas pretensiones, debe precaverse de cultivar credibilidad, además de articular un discurso amigable para la ciudadanía. ¿Y cómo se construyen esos discursos? Nada más sencillo que hacerse parte de las creencias arraigadas de las personas, del imaginario social.
Un político eficaz se siente representado por los sentires mayoritarios. Si sus creencias intrínsecas chocan con dichos sentires, deberá ceder en ellos para convocar a sus mayorías. Esta cesión no debe hacerse de una manera travestista —pues carece de convicción—, sino rezar el mantra "no voy a hacer que los demás crean lo mismo que yo".
"La función política es hacia lo público, a hacer de uno las necesidades de los otros y hacer un esfuerzo por entenderlas aunque nuestras convicciones y principios no apunten en esa misma dirección", afirma Rodrigo Ferrari en una carta al director salida en El Mercurio de ayer.
Al referirse con ironía sobre el secuestro permanente, Jovino tropieza con las creencias arraigadas de los chilenos. Si bien dicha tesis ha sido una falacia jurídica, ésta permitió el procesamiento de responsables a los derechos humanos que de otra manera habrían quedado impunes.
Ante un crimen, las personas esperan un castigo ejemplificador de los mismos. Tratándose de genocidio, muchos esperan altas penas de cárcel. Si nuestras leyes no permitían aquellos castigos para los ejecutores de dichos crímenes, nuestro sistema judicial debía acomodar sus reglas para procesar a los implicados.
EL CASO ESPAÑOL
El atentado de Atocha, que se adjudicó Al Qaeda, fue crucial en la decisión de los comicios de tres días después, el 14 de marzo de 2004, cuando el conservador Partido Popular —entonces seguro candidato a la reelección— fue derrotado por el Partido Socialista.
Iniciado el juicio contra los imputados en el atentado, el PP aseguraba que todo el proceso se trataba de una farsa montada por el socialismo para encubrir a los supuestos verdaderos responsables del hecho: los terroristas vascos de ETA.
Los conservadores insistían en que Al Qaeda no había atacado aquel 11 de marzo. Aseguraban que los socialistas habían mentido con el objetivo de asociar a los terroristas islámicos con el envío de tropas a Irak ordenado por el Primer Minsitro José María Aznar, a fin de hacer una propaganda efectiva que "robó una eleccion ganada" por el PP.
Aun con el fallo de la Audiencia Nacional, que confirmó la culpa entre miembros y simpatizantes de Al Qaeda, el Partido Popular seguía sin convencerse; al punto que por mucho tiempo desconocieron el veredicto.
Sin embargo, los ciudadanos españoles validaron la seriedad de su Poder Judicial en la resolución de este caso, por lo cual los conservadores quedaron ante la opinión pública como infantes caprichosos y obstinados en sustentar una tesis sin pies ni cabeza.
De cara a las elecciones de marzo próximo, Mariano Rajoy, secretario general del PP y líder de la oposición, recibió importantes consejos de un asesor comunicacional: sacarse los gestos duros cuando busca criticar algo (aprende, Longueira), vestirse con ropa formal más llamativa y cálida y DESTERRAR de una buena vez la tesis de la conspiración.