Al terminar el año, se divulgaron los resultados de la última encuesta CEP. Una de las preguntas del sondeo —conocido principalmente por sus tendencias de la popularidad de nuestra fauna política— distaba mucho de la seriedad de esta medición. Se preguntaba sin más ni más un escenario estilo guerra fría: ¿usted prefiere un régimen comunista desatado o un régimen capitalista desatado?
Demasiado añejo para nuestros tiempos. Sin embargo, El Mercurio aprovechó la polémica para ofrecer un contrapunto entre Harald Beyer (representando al CEP) y el investigador de la Universidad de Chile Óscar Landerretche hijo (representando a la sensibilidad progre) sobre la vigencia de nuestro modelo económico.
Beyer defiende el modelo Chicago, argumentando que éste ha sido validado por los ciudadanos, basado en los resultados del mismo sondeo: "Apenas un siete por ciento, seis en el nivel socioeconómico más bajo, cree, como primera mención, que las causas de la pobreza obedecen a los abusos o injusticias del sistema económico. La gran mayoría lo atribuye a cuatro factores: la falta de educación, la flojera y falta de iniciativa, las pocas oportunidades de empleo y los vicios y el alcoholismo, con 31, 25, 13 y 10 por ciento, respectivamente."
Resulta extraño que un experto estudie la realidad económica del país anteponiendo simples datos de opinión a datos económicos. Mientras los primeros, solamente representan las creencias arraigadas de las personas; en los segundos se puede probar ciertamente la calidad del modelo. Un sistema popular no implica éxito, menos aun si ese sistema necesita preguntas truchas para autoengañarse. (Si fuera por eso, miremos allende Los Andes.)
Landerretche toma nota del pueril error argumental de su contraparte y del vicio de la pregunta cuestionada: "(En ese caso,) la equidad sería una preocupación más bien elitista y el 'modelo' —entendido como crecer al costo de generar mayor desigualdad— estaría respaldado políticamente. A mí no me parece".
El economista de la UCh se va contra la imprecisión de presentar un escenario bipolar, apuntando al hecho que "los países más desarrollados tienden, abrumadoramente, a ser países más igualitarios y más justos. (...) En el larguísimo plazo no parece ser que los países tengan que escoger entre las opciones que presenta el CEP".
Además, Landerretche se permite ironizar con la tesis CEP: "Hay un tipo de países en que estas opciones sí parecen ser las que se enfrentan. Estos son los países de Medio Oriente y de África. (...) No creo, sin embargo, que éste sea el grupo de referencia de comparación relevante para Chile".
Si Chile busca un modelo económico apropiado para seguir despegando, debe deshacerse del modelo Chicago y acercarse más al modelo keynesiano. No hay más que revisar cuáles son los veinte países con más alto Índice de Desarrollo Humano y cuáles directrices han aplicado. Se trata de un método con éxito probado.
A todas luces, pareciera que el CEP —como representante del establishment económico de nuestro país— busca promover desesperadamente un modelo cuestionado. Temen asumir la poca eficacia del "Chicago a la chilena" hoy, a 30 años de su implementación. Están asustados de volverse una fuente de estudio poco confiable (o, al menos, de no poseer una credibilidad omnipotente). Todos quienes han viajado por países pobres vendiendo el modelo chileno no quieren perder sus millas de avión. Muchos están angustiados con la muerte de la gallina de los huevos de oro. Sólo eso puede explicar cómo el CEP permite una encuesta con una interrogante rayana en lo grotesco.
Demasiado añejo para nuestros tiempos. Sin embargo, El Mercurio aprovechó la polémica para ofrecer un contrapunto entre Harald Beyer (representando al CEP) y el investigador de la Universidad de Chile Óscar Landerretche hijo (representando a la sensibilidad progre) sobre la vigencia de nuestro modelo económico.
Beyer defiende el modelo Chicago, argumentando que éste ha sido validado por los ciudadanos, basado en los resultados del mismo sondeo: "Apenas un siete por ciento, seis en el nivel socioeconómico más bajo, cree, como primera mención, que las causas de la pobreza obedecen a los abusos o injusticias del sistema económico. La gran mayoría lo atribuye a cuatro factores: la falta de educación, la flojera y falta de iniciativa, las pocas oportunidades de empleo y los vicios y el alcoholismo, con 31, 25, 13 y 10 por ciento, respectivamente."
Resulta extraño que un experto estudie la realidad económica del país anteponiendo simples datos de opinión a datos económicos. Mientras los primeros, solamente representan las creencias arraigadas de las personas; en los segundos se puede probar ciertamente la calidad del modelo. Un sistema popular no implica éxito, menos aun si ese sistema necesita preguntas truchas para autoengañarse. (Si fuera por eso, miremos allende Los Andes.)
Landerretche toma nota del pueril error argumental de su contraparte y del vicio de la pregunta cuestionada: "(En ese caso,) la equidad sería una preocupación más bien elitista y el 'modelo' —entendido como crecer al costo de generar mayor desigualdad— estaría respaldado políticamente. A mí no me parece".
El economista de la UCh se va contra la imprecisión de presentar un escenario bipolar, apuntando al hecho que "los países más desarrollados tienden, abrumadoramente, a ser países más igualitarios y más justos. (...) En el larguísimo plazo no parece ser que los países tengan que escoger entre las opciones que presenta el CEP".
Además, Landerretche se permite ironizar con la tesis CEP: "Hay un tipo de países en que estas opciones sí parecen ser las que se enfrentan. Estos son los países de Medio Oriente y de África. (...) No creo, sin embargo, que éste sea el grupo de referencia de comparación relevante para Chile".
Si Chile busca un modelo económico apropiado para seguir despegando, debe deshacerse del modelo Chicago y acercarse más al modelo keynesiano. No hay más que revisar cuáles son los veinte países con más alto Índice de Desarrollo Humano y cuáles directrices han aplicado. Se trata de un método con éxito probado.
A todas luces, pareciera que el CEP —como representante del establishment económico de nuestro país— busca promover desesperadamente un modelo cuestionado. Temen asumir la poca eficacia del "Chicago a la chilena" hoy, a 30 años de su implementación. Están asustados de volverse una fuente de estudio poco confiable (o, al menos, de no poseer una credibilidad omnipotente). Todos quienes han viajado por países pobres vendiendo el modelo chileno no quieren perder sus millas de avión. Muchos están angustiados con la muerte de la gallina de los huevos de oro. Sólo eso puede explicar cómo el CEP permite una encuesta con una interrogante rayana en lo grotesco.